Psicología del andinismo
Dice la copla: “Me voy a los cerros altos, a llorar a solas, lejos. A ver si se apuna el dolor, subo, subo” (**)
Por: Walter Motilla

Pienso en los andinistas, en esas personas que se imponen la meta de escalar tan impensadas alturas y siento que todos tenemos en nuestras vidas momentos de escalada: la necesidad constante de superarnos, crecer, evolucionar… Es inevitable tratar de subir, para seguirle el tranco a la vida, si no, todo parece pasarnos por encima.

La notable proeza del escalador es para todos una inspiración: tomar la decisión de convertirse en un andinista es un desafío apasionante, pero también un riesgo. Enfrentar la altura solo teniéndose nada más que a uno mismo, tal vez sea el mayor desafío que podemos enfrentar.

Como psicólogo debo decir que el escalador siempre afronta nuevas rutas y cambios ambientales desafiantes diariamente, apuntando hacia un modo de pensar psicológico más extremo que en la vida ordinaria. Por su lado los bio-mecánicos afirman que es la actividad de escalar única por el rol que cumplen las extremidades superiores y el movimiento predominantemente vertical que la distinguen de todos los demás movimientos que se producen en el suelo.

Cualquiera sea la experiencia previa del escalador, todos ellos podrán confirmarnos que personalidad y rendimiento deportivo configuran una unidad indisociable. Y así como todo lo que pasa en nuestras vidas en cualquier área, repercute en todas las demás, en el caso de escalar, las características particulares de la personalidad inciden en forma directa o indirecta en las faenas de este apasionante deporte. Cuerpo y mente forman un todo compacto y cada uno modifica e influye en el otro permanentemente. Cada persona es única y diferente a todas las otras y también cambia en las diversas circunstancias de su cotidianeidad y de su vida misma, lo que incide en el rendimiento de toda tarea que desempeñe, mucho más aún en la nada fácil escalada.

Seguramente, a la hora de buscar características psicológicas comunes a todo escalador, encontraremos, en mayor o en menor medida: alta motivación al logro, tolerancia a la frustración, precisión y autocontrol, seguridad, autoconfianza, competitividad, coherencia interna y cultura del esfuerzo.

Quien descubre en profundidad al andinismo, queda enamorado para siempre de él, porque así como el mayor reto que presenta es conquistar las alturas más altas, su personalidad y su vida misma se fortalecerán, adquiriendo un impulso de crecimiento permanente.

Releo la interesante reflexión de Marie-Madeleine Davy: «Signo de verticalidad, puente entre lo bajo y lo alto, la función de la montaña consiste en comunicar las dimensiones terrestre y celeste. Semejante a un atanor alquímico, la ascensión realiza la mutación del plomo en oro puro. Las revelaciones acontecen sobre las cumbres» y pienso en nuestras viejas y soberbias montañas, los misterios que encierran, la enigmática y encantadora belleza de nuestro Centinela de Piedra, el Aconcagua y me regocijo en pensar que hay personas que no se amedrentan ante los desafío de trepar sus alturas, convirtiéndose así cada vez, con cada nueva marca, en mejores personas. Respeto y honra a todos ellos.

(*) Walter Motilla es Licenciado y Profesor Universitario en Psicología. Doctorando de la Universidad de Granada. Psicólogo Clínico. Presidente de la Asociación Argentina de Psicoterapia Integrativa.  Psico-entrenador deportivo. Hipnólogo. Conferencista y tallerista. Director clínico del Instituto Psiquiátrico y Psicológico Psicosalud de Mendoza. Web:  www.psicosaludmendoza.com.ar; e-mail: walter.motilla@psicosaludmendoza.com.ar

 

(**) Subo (o Subo, subo) de Manuel José Castilla y Rolando Valladares

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