Una variante a la ruta directa de 1961
Por Leonardo Bazzana, Guía de Montaña. Glaciar de Los Polacos, variante del Canal. Marzo de 2004.
Por: Leonardo Bazzana


"Los únicos paraísos que valen la pena son los que se encuentran al final del infierno"

Todo había comenzado más o menos el 4 de marzo, conversando con mi amigo Martín sobre la posibilidad de realizar una escalada juntos. Él tenía unos diez días de vacaciones, y yo me había quedado con las ganas, otra temporada más, de realizar la ascensión de esta bella vía.

¿Alcanzará con diez días? Tendrá que alcanzar. El 8 de marzo estábamos con Martín (Tincho) en la terminal de ómnibus de Mendoza, con unas mochilas terriblemente pesadas. La de Martín pesaba sus buenos 40 kilos, y la mía más de 35 seguro; no quise pesarla para no sufrir más.

Llegamos en ómnibus hasta Horcones más o menos a las 14, y a caminar! Registramos nuestro ingreso en el puesto de Guardaparques, y a seguir la procesión. Llegamos a Confluencia (3.100m) y dormimos allí esa noche.

Por suerte los guardaparques Pancho y Daniel nos prestaron una tienda donde dormir y no tuvimos que armar la carpa, y al otro día a continuar la dura marcha. Llegamos a Plaza de Mulas como a las 21, completamente exhaustos.

Originalmente pensábamos estar un día en Plaza de Mulas (4.250 m), luego subir a Nido de Cóndores (5.400 m) estar un día, de allí a Berlín (5.900 m), cruzarnos a la vertiente Este del Aconcagua y empalmar el glaciar.

Comenzamos cambiando nuestra estrategia. Estábamos muy cansados, yo diría que destruidos. Entonces decidimos permanecer dos días más en Plaza de Mulas, y después irnos para arriba.

Pero los días de descanso son como los primeros amores, o el aguinaldo: duran demasiado poco. Y otra vez estoy remontando estas pendientes del carajo, como toda la temporada, como todos los veranos, desde ya no sé hace cuánto.

Llegamos a Nido de Cóndores un 12 de marzo, y más bien parecía "Nido de Nubes", porque cóndores no se veían, pero nubes y viento, a granel. Comemos, bebemos y dormimos como reyes. Estamos de "okupas" en el refugio de los guardaparques, y en esos momentos ni el Hyatt nos resultaría mejor. Como yo le digo al Tincho cuando me pongo en filósofo: "Cuando uno no tiene nada, la felicidad puede estar en una taza de café caliente; cuando uno tiene todo, parece que nada te alcanza, que nada podría hacerte feliz".

Una alegría adicional fue hallar un lugar donde pudimos usar el teléfono que traíamos, y llamamos a nuestros seres queridos llevándoles un poco de tranquilidad.

Antes de caer en la cuenta ya era sábado 13 y estábamos subiendo como mulas, otra vez, ahora hacia Berlín, nuestro campamento 2. Llegamos a esa especie de casita de perro con vocación de refugio que han dado en llamar Refugio Plantamura, en honor al primer criollo que hizo cumbre en el Centinela de Piedra, hace ya una punta de años.

Nos tomamos unos capuchinos con bizcochos, cenamos un puré de papas, y a dormir. Yo no tengo problemas para descansar; tanto trabajo duro en la temporada con varias expediciones comerciales durante los últimos tres meses me han aportado la aclimatación necesaria.

Martín lleva la situación un poco más sufrida; no hace nada de altura desde hace más de 7 meses.

Pero el pibe es un montañés, y no sólo no se queja sino que trabaja igual o más que yo buscando nieve, haciendo agua o cocinando. Es un buen amigo y el compañero de cordada ideal, pese a su juventud.

Son las 12 de la noche y no nos podemos dormir por la ansiedad de subir. Tincho me dice que descansemos un poco porque mañana va a ser un largo día. A las 3 am del domingo 14 nos despertamos, encendemos el Primus y preparamos un abundante desayuno.

Hoy es el día tantas veces soñado, hoy vamos a escalar el glaciar, tanto tiempo pensando, proyectando. En este momento somos como dos guerreros antes de la batalla. Cuánta ansiedad.

Salimos con dos litros de jugo y un litro de té caliente, unos caramelos y galletitas dulces; arneses, cascos, piquetas, cuerdas, mosquetones, cinco tornillos de hielo, un par de estacas de nieve, una funda de vivac y mucha ilusión.

Pero el Centinela no nos va a facilitar las cosas.

Desde el primer momento nos recuerda que somos un par de minúsculos intrusos en sus dominios. Nos recibe con un viento helado, que nos va debilitando poco a poco y adormeciendo nuestras extremidades. En Piedras Negras el sol demora mucho y el frío aumenta. Nos estamos quedando duros, ya no siento ni mi nariz ni los dedos de los pies.

Nos metemos dentro del saco de vivac. Aguantamos allí como una hora y comenzó a aclarar.

Proseguimos la marcha, ya apartándonos de la ruta normal y adentrándonos en la ladera Este del cerro. Abajo se adivina el lugar del campo 2 de esa ruta, y más abajo, lejos, el sitio donde debería verse Plaza Argentina. Nosotros francamente no alcanzamos a distinguir nada.

Después de un susto (se me desprendió un crampón en medio de un nevero helado, con mucha pendiente; por suerte Tincho estaba cerca, me ayudó y el problema no pasó a mayores) llegamos al glaciar alrededor de las 9:30. Se ve muy feo, no va a ser fácil. Pensábamos que estaría con más nieve. Hay mucho hielo cristal y en los lugares donde hay nieve está demasiado blanda, inestable para asegurarnos.

Disimulando mi cagazo le digo a Tincho con voz de película de Hollywood: “Ahora nos toca bailar con la más fea, pero ya estamos en el baile así que bailemos". Y enfrentamos el glaciar por las bandas rocosas de la derecha -según se mira desde Plaza Argentina, por la llamada "Ruta altoaragonés".

Al llegar a la altura del llamado "Cuello de botella" o "Embudo", realizamos una travesía hacia nuestra izquierda, es decir hacia el Sur, hasta acceder al comienzo del cuello. Cabe destacar que esta travesía es sobre una pendiente de unos 50° de inclinación en terreno nevado que no es de la mejor calidad, por lo que íbamos con muchísima cautela, aunque sin encordarnos.

En el Cuello Martín toma la delantera; montamos una reunión y nos encordamos. La pendiente ya alcanza los 70° con el agregado que ya estamos en un hielo que parece porcelana. A Martín comienza a golpearle la altura, a la mitad del largo de cuerda! Por suerte se recupera y me ametralla con proyectiles de hielo de todos los tamaños, algunos los esquivo, otros me dan en el hombro, un brazo, la mano... Llega al fin de la cuerda, monta otra reunión y subo usando un jumar para ganar tiempo. El cuello llega a su fin, pero la pendiente se mantiene.

“¡Mierda! Habíamos calculado que después de este obstáculo la pendiente decrecería. El cuello se abre como un abanico pero la inclinación se mantiene; esto nos va a demorar más de lo calculado.

Al llegar a esta parte, se le suma a la altura y a la pendiente un ingrediente más: unas depresiones en el hielo en las que se ha acumulado abundante nieve; entonces más que escalar o caminar, vamos como nadando. Esto ralentiza el ascenso tornándolo aún más penoso y hasta preocupante. En un momento me entra la incertidumbre, no encuentro una vía de salida. Por suerte mi compañero divisa una canal de nieve dura que nos permite ascender un poco más en dirección a unas bandas de roca.

Al fondo, hacia el poniente, se ve el filo, el final de las dificultades, pero lejos, y aún habremos de luchar bastante antes de llegar.

Llegamos a la banda de roca tratando de encontrar una salida hacia el bendito filo. Tincho comienza a explorar un angosto canal en la mitad de la banda de roca. Yo me desplazo un poco a la izquierda pero por allí no hay paso posible. Estamos a más de 6.800 m y son cerca de las 20. Llevamos 18 horas de escalada non stop.

Otros menos entrenados o no acostumbrados a un trabajo duro en esta altitud ya hubieran regresado. Estamos agotados, hambrientos, deshidratados, pero seguimos la lucha como dos gladiadores contra el gigante.

Para acceder al canal que descubre Tincho hay que realizar una travesía en dry-tooling, enganchando con grampones y piquetas las fisuritas y salientes de la roca, sin resbalar porque sería el final de todo. Llegamos al canal y, menos mal, no es tan empinado como parecía. A las 20:30 ya vemos que las reservas no dan para más, y nos rendimos a la realidad: hoy no salimos del glaciar. Quizás mañana.

¡A buscar lugar para el vivac entonces!

Aplanamos un lugarcito entre dos rocas, colocamos las cuerdas, una colchoneta de neoprene (que afortunadamente traíamos) y el saco de vivac. Para cenar: caramelos y el jugo de manzana que queda. ¡Pero la botella es todo un bloque de hielo!

Ni pensar en dormir, quedaríamos congelados. Hay que relajarse y aguantar moviéndonos, abrazados para generar algo de calor. La vigilia se hace larga. Esa noche tuvimos unos -30°. Por suerte ninguno tuvo que lamentar congelaciones.

¡Y por fin llega el sol! El amanecer es formidable, no se puede describir ese momento en ese paisaje. Es algo impresionante a esta altura, pero el frío no nos deja sacar fotos. Nos quedamos un rato disfrutando del agradable calorcito, muy reconfortante.

Retomamos la escalada al mediodía. A las 15 arribamos finalmente al filo, el fin de las dificultades técnicas. Sólo queda llegar a la cumbre y el descenso por la ruta normal.

Hacemos cumbre a las 16.30 y lloramos como niños. Es una cumbre especial; los dos hacemos cumbre por primera vez. Yo porque lo hago por esta vía, y Martín porque después de tres intentos por la ruta normal, finalmente pudo coronar por este lugar.

Abajo están otras montañas, nubes, cóndores, nuestra ciudad y algunos límites que ya son historia. Hemos descubierto una vez más que los únicos paraísos que valen la pena son los que se encuentran al final del infierno.

Nos llevará un día más pisar Plaza de Mulas donde llegaríamos exhaustos, al límite, donde una pareja de ingleses nos invitaría a cenar. Y luego de una jornada completa, con las mochilas ultra pesadas llegamos a Puente del Inca,  nos comemos el sagrado lomo con la más rica cerveza del mundo, finalizando así nuestra gran aventura.

Leonardo Bazzana

Guia de montaña

Uspallata - Mendoza - Argentina.

Fb: www.facebook.com/leonardo.bazzana.aconcagua.extreme

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